En cada otoño, suelen visitarme antiguos fantasmas.
Uno, me trae la canción de Serrat que escuchaba en mis primeros años adolescentes, especialmente en las tardes frías de llovizna y que se llama Balada de Otoño:
Llueve,
detrás de los cristales llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos llueve.
Pintaron de gris el cielo,
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde, que se adormece,
parece
un niño que el viento mece
con su balada de otoño.
Una balada de otoño,
un canto triste de melancolía
que nace al morir el día.
Una balada de otoño,
a veces como un murmullo,
a veces como un lamento
y a veces viento.
Aún recuerdo poner el disco en el tocadiscos y pararme frente a la ventana de mi cuarto murmurando cada palabra.
Mi bufanda verde tejida con punto santa clara también es otro fantasma, mi paso sobre las hojas caídas que formaban un colchón mullido a través de las calles, el viento del sur, los viejos portales conocidos, antes que eso, los barriletes desplegándose sin prisa por el cielo de los potreros del barrio. No hace mucho hablé de los potreros con mis hijos y ellos me escucharon con asombro.
Pero si los fantasmas pueden llegar con cierta demora, o ausentarse algún año, el que nunca falta a su cita es el del afilador.
Su música extraña y lejana, triste y esquiva, recorre aún los laberintos de la evocación sin mancha. La recuerdo como un aviso presuroso, y por eso lo de esquiva, el paso del afilador, con su bicicleta vieja y pesada, era veloz, no esperaba. Si los cuchillos necesitaban chispear su hoja fatal sobre la piedra esmerilada, había que correr y alcanzarlo, gritar su nombre con hidalguía: EHH! afilador!!, y entregarle ese tesoro que bajo el sonido agudísimo de la piedra cobraría nuevos bríos, se volvería más plata o más acero, más asesino. Mi abuela Angelita, siempre tenía cuchillos para afilar, nobles hojas heredadas que renovaban su hambre en cada paso por la piedra.
Y cada otoño, como en aquellas tardes frías de mate cocido y pan con manteca, vuelvo a escucharlo, vuelvo a sentir el filo de la hoja en la flauta triste y lejana del afilador...
A veces salgo corriendo, por temor a que ya se vaya y no vuelva, lo busco con la mirada tumultosa... y ya no lo veo.
¿A dónde se han ido todos los afiladores?
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domingo, septiembre 04, 2011
lunes, octubre 05, 2009
La primavera de Indi


Indi echadito sobre la panza de su mamá
Cuando era chica, el aroma de los paraísos en flor era el anuncio de la primavera. En la casa de mi abuela Angelita había tres paraísos frondosos a los que me subía y bajaba en busca de las mejores aventuras.
La llegada de sus flores, tan fragantes, delicadas, de un hermoso color lavanda era la alegría de mis años de infancia. Juntaba ramos enormes, porque eran tantas!!, parecía que jamás se iban a acabar.
Los años me alejaron de aquellos paraísos de la infancia, pero por esas cosas lindas de la vida, mi barrio está lleno de paraísos y hoy al salir a hacer las compras, su aroma me invadió hasta el alma.
De paso, fui a la sala de neonatología del vivero de Diego ( una caja de cartón) para ver como seguía y sacarle unas fotitos a Indi, nuestro gatito.
Diego dice que está "bárbaro", así que, amados hijos, aquí mami, les trajo unas fotos de Indi, y su perfumada primavera
sábado, junio 20, 2009
Refugiados

Épocas de vacas flacas… tomar una gran bocanada de aire, dice un amigo. Las vacas no engordarán de aire, pero será un ejercicio bien recibido por un par de pulmones cansados de tanto ir y venir de oxígenos inciertos.
A stick, a stone… las aguas de marzo que van y vienen por doquier. La primera vez que escuché este tema creí que nada más podía escucharse, pero las aguas de marzo me llevaron por muchos caminos más. It´s the joy in your heart, ja. A flow, a drift…
Estamos refugiados, yo soy una refugiada de los recuerdos. Cuando afuera todo es noche o bruma, vienen a mí como ángeles protectores. Y yo sí creo en los ángeles, en los duendes y las hadas. Ahora más que siempre, como nunca.
Mi abuela y su mágica estufa de kerosene, quemando la angustia y la impotencia de tiempos adversos.
Mis lápices de colores sonando en aquella caja troquelada.
Mis bufandas batiendo flecos por el viento de la adolescencia.
Mis libros amados, aquellas viejas canciones escuchadas hasta el cansancio.
Tardes y tardes de sueños. Sueños como castillos de azúcar, con pasadizos secretos y estancias pobladas de personajes fantásticos. Tantos puentes entre el deseo y la búsqueda.
Calles, esquinas, fachadas que ya no están, que el tiempo demolió…inevitablemente, descaradamente, en su furor de cambio.
Árboles tallados por el silencio o las lágrimas de lo bello y efímero. Algunos aún me reciben con su majestuosa y callada presencia. Son pocos, pero no faltan a la cita.
Encierro una hoja en mis manos y cierro los ojos. Estoy allí, ellos lo saben y me acunan con las voces que perdí.
Nada es tan lejano en los refugios. Todo puede tocarse con la punta de los dedos. La fragilidad de lo pasado tiene el mismo idioma que no hemos olvidado. Los códigos no se han escapado, ellos nunca se irán del todo.
A stick, a stone… las aguas de marzo que van y vienen por doquier. La primera vez que escuché este tema creí que nada más podía escucharse, pero las aguas de marzo me llevaron por muchos caminos más. It´s the joy in your heart, ja. A flow, a drift…
Estamos refugiados, yo soy una refugiada de los recuerdos. Cuando afuera todo es noche o bruma, vienen a mí como ángeles protectores. Y yo sí creo en los ángeles, en los duendes y las hadas. Ahora más que siempre, como nunca.
Mi abuela y su mágica estufa de kerosene, quemando la angustia y la impotencia de tiempos adversos.
Mis lápices de colores sonando en aquella caja troquelada.
Mis bufandas batiendo flecos por el viento de la adolescencia.
Mis libros amados, aquellas viejas canciones escuchadas hasta el cansancio.
Tardes y tardes de sueños. Sueños como castillos de azúcar, con pasadizos secretos y estancias pobladas de personajes fantásticos. Tantos puentes entre el deseo y la búsqueda.
Calles, esquinas, fachadas que ya no están, que el tiempo demolió…inevitablemente, descaradamente, en su furor de cambio.
Árboles tallados por el silencio o las lágrimas de lo bello y efímero. Algunos aún me reciben con su majestuosa y callada presencia. Son pocos, pero no faltan a la cita.
Encierro una hoja en mis manos y cierro los ojos. Estoy allí, ellos lo saben y me acunan con las voces que perdí.
Nada es tan lejano en los refugios. Todo puede tocarse con la punta de los dedos. La fragilidad de lo pasado tiene el mismo idioma que no hemos olvidado. Los códigos no se han escapado, ellos nunca se irán del todo.
viernes, mayo 22, 2009
Esa mujer

Hace algunos años que tengo la fortuna de compartir una entrañable amistad con C, un tipo "muy" particular. Hace menos años, tal vez un par o apenas uno, que tengo el placer de compartir con él un diálogo epistolar que me hace feliz y mejor persona. Guardo todos y cada uno de nuestros mails porque son testimonio de nuestra amistad y además porque estéticamente me gustan demasiado. A partir de la "era C" aprendí que Borges es una adicción, un punto de encuentro fabuloso, pero C merece una entrada especial, que no será esta.
Esta, será la entrada de mi abuela Angela, esa mujer que dió a mis días de niña la magia que después fue revelación de lo poderoso en mis días de mujer.
Me permito publicar algo que originariamente fue parte de uno de esos intercambios epistolares con C. Imagino que él lo aprobará, de la misma manera que aprueba y disfruta de mis escritos, con la misma intensidad con la que me anima a escribir. Sé además que esto lo emocionó, por alguna razón que él mismo describió como inexplicable. Basada en su exquisita sensibilidad me animo a publicarla para todo aquel que se aventure en estás páginas:
¿Ocurrirá algo trágico?. Cosas trágicas ocurren diariamente.
El mundo es un muestrario de cosas trágicas sin las cuales el evolucionismo hubiese sido una estúpida fantasía del simpático y barbudo Charlie. Este mundo es extensamente trágico e injusto, fuimos creados para habitar un mundo trágico y la naturaleza nos dotó ( inteligente y selectivamente según la especie) de la maquinaria precisa para ir cayendo de acuerdo con las necesidades estadísticas.
También pensar en que algo trágico va a suceder o al menos "algo" que sin ser tan trágico sea lo suficientemente ajeno a nosotros, nos pone a cierto resguardo de la monotonía resignada en la que vivimos día a día. Este pensamiento me hace retroceder unos cuantos años y volver a un recuerdo de infancia que ilustra bastante bien esta sensación apocalíptica y al mismo tiempo placentera.
Cuando era muy chica, muchas veces me quedaba a dormir con mi abuela paterna. Mi abuela era un personaje amado hasta la médula y algo que me gustaba mucho de ella era que vivía sin relojes. Todos los relojes de su casa estaban descompuestos y ella regía su vida por los cambios de luz y sombras y por la entrada o salida de gente de aquella casa. Jamás la vi apurada, su tiempo era laxo y gentilmente elástico como los relojes de Dalí. Su vida entera estaba dedicada al disfrute de la casa y de la gente que iba y venía por sus corredores y habitaciones, esto hacía que el tiempo se detuviera indefinidamente si algún ser querido o vecino lo requería.
Se acostaba tardísimo, cuando en la tele todos los canales ya eran un muestrario de rayas y ruidos diversos; entonces prendía la radio y se acomodaba una cantidad de revistas y librucos misteriosos en la mesa de luz y le daba hasta la madrugada. Yo generalmente me dormía mucho antes que ella y cuando me despertaba ella ya estaba en la cocina tomando mate y cosiendo.
Una de las tantas cosas que me fascinaban de aquella casa y cuyo recuerdo aún me estremece, es que cuando sonaba el teléfono tarde en la noche o el timbre de la puerta a horas avanzadas, ella decía con una voz grave y lenta: "¿Quién podrá ser a estas horas?".
Esa frase me provocaba una sensación de vacío descomunal, era como si después de una larga caminata nocturna me encontrara frente a un abismo. La sensación era que todo podía ocurrir, que aquello que estaba detrás de la puerta o del teléfono podía precipitar un final o ser el comienzo de una realidad totalmente diferente. Por supuesto que la mayoría de las veces era un familiar o un vecino desvelado con una taza vacía pidiendo azúcar o harina, pero hasta que entraba en escena era el apocalipsis.
Mucho tiempo después entendí que esa sensación se acompañaba de placer y era el placer de mi fantasía de que algo conmovedor iba a ocurrir, algo que estaba mucho más allá de mi, de cualquiera. Yo solo era un espectador de lo inminente y lo inminente era por completo desconocido y tal vez un poco trágico, y el placer era sentir que aquello arrastraba mi existencia inexorablemente.
Esta bueno sentarse en el teatro y no saber por donde entran los actores.
Uno, por las dudas, se aferra al apoyabrazos... lo notaste?
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