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domingo, junio 19, 2011

Sumate a la cruzada

Si hay dos cosas que me gustan a la noche, bien tarde, cuando mis hijos duermen o ya están en un nivel de ruido aceptable, es bloggear o blogear...esa es la cuestión.
Obviamente lo primero que hago es meterme en los blogs de mis inseparables y desconocidaspersonalmente amigas, Abru y Milenius, que tiene unos blogs en los que me siento "como en casa, vió?". Después de postear algún que otro comentario, me voy al mío y me digo: Dale nena, escribite algo.
Pero me quedo ahí, haciendo circulitos con el dedo sobre el vidrio de la mesa, con la mirada perdida, pensando por donde empiezo, si bajé las fotos de tal o cual viaje, si en vez de eso pongo la receta de la pata de cordero o la crítica por la mitad de "leones por corderos" ( pero en realidad debería volver a verla para ser más exactos, no?).
La cuestión es que de tanto dudar, me canso. Entonces leo un par de entradas viejas y me digo: Mejor mañana, más descansada.
Y así, ¿sabés cuánto hace que no escribo de verdad?, un montooooooon de tiempo. Generalmente esto me pasa los fines de semana (cuándo estoy en BA), por lo que si me tocan dos seguidos, al siguiente repito el maldito ritual de deseo-duda-inacción y no escribo un pomo.
Entonces, me he propuesto una cruzada, a la que ustedes ( los pocos que me leen), tienen que suscribirse con pancartas y gritos desaforados de "volvé,, volvé, volvé, te queremos" o cosas por el estilo. Por lo tanto, como dicen en las publicidades de polvos para lavar ropa o desinfectante de inodoros: SUMATE A LA CRUZADA
Quien te dice... por ahí ahora y apoyándome en mi flanco narcisista, me lo tomo con más seriedad

domingo, abril 11, 2010

Un nuevo amigo de dos millones de años



Matthew y su amigo del pasado se encontraron.
La historia tiene varios aspectos bellísimos.
El primero es el de la serendipidad, o sea el hallazgo o descubrimiento de algo, en el proceso de búsqueda de otras cosas diferentes. En este caso, la definición pura escapa un poco de la realidad: Matthew, tal vez no buscaba nada, solo correteaba en una mañana soleada con su perro Tau, pero sí encuentra algo que no buscaba conscientemente. La inversa, tal vez sea posible ( y yo creo que sí, por la belleza que lleva implícita) y entonces cabe pensar, que ese otro niño, cansado de un sueño de millones de años, sí los estaba buscando a Matthew y a Tau para jugar. El no deseaba a nadie más. El buscaba a Matthew, porque Matthew era el indicado…por muchas razones.
El segundo aspecto fantástico lo lleva el nombre del perro: Tau. El nombre de un agujero negro, una región del espacio-tiempo de la que ninguna partícula, ni tan siquiera los fotones de luz, puede escapar.
Matthew y su amigo del pasado no iban a escapar del encuentro. Había una región, un momento, un instante, que el universo les había reservado. Quién sabe cómo y cuándo esa cita estaba definida.
Matthew tropezó, seguramente sintió algún dolor y hasta maldijo en su idioma de niño aquél traspiés. Tau debe haberse acercado a olisquear, a constatar la seriedad de la caída, el estado de su amigo y la irreverente forma del obstáculo. Y entonces… acontece la magia: dos millones de años después, aquel niño de la edad de Matthew lo llama para jugar. Una de las cosas que más admiro de los niños es la enorme capacidad de búsqueda y encuentro que poseen: bastan pocas cosas para establecer vínculos: una mirada, una sonrisa, una mueca, un juguete en común, un deseo…un fósil.
Creo que nadie puede dudar que después de dos millones de años, un niño despierte y simplemente quiera jugar con otro de su edad.
Y si bien la historia podría terminar aquí, su encanto, su delicada belleza, no lo permite.
Lee R Berger, paleoantropólogo norteamericano, padre de Matthew, había dedicado veinte años de su vida a la búsqueda de homínidos a solo una sierra de distancia del lugar. Esta región, al norte de Johannesburgo ha sido un paraíso para la búsqueda de fósiles desde los años 30.
Pero el mundo de los niños, todos lo sabemos, es misterioso y extravagante. Ellos tienen códigos que resultan indescifrables para los adultos. Matthew y su amigo del pasado los tenían, sin saberlo.
Matthew conocía el idioma de los sueños de su padre, lo conocía y lo amaba, con la incondicionalidad con que aman nuestros hijos nuestras propias extravagancias y sueños. Entonces llevó su tesoro, los restos de su nuevo amigo, al abrigo de las manos de su padre. Ese tesoro resumía la vida de un niño, como él, de su misma estatura, muerto a su misma edad.
Matthew había abierto, sin más ligereza que la del juego, una puerta en el viejo y conocido laberinto de la evolución. Su amigo, aún sin nombre, se había acercado con el secreto de su propia especie. Dos millones de años, ahora…los acercaban.
Aún hay más belleza en este relato: Matthew, que es un nombre bíblico, significa regalo de Dios, y para San Francisco de Asís, la señal de la Tau era con la que sellaba sus cartas y marcaba las paredes de su celda. Para él, al igual que la cruz, era el signo de la salvación y la redención.
Quienes creen, y yo entre ellos, podemos también pensar, que algo de la esencia Divina
quiso ser parte de esta aventura.
“Dios no juega a los dados con el hombre”, lo dijo Einstein…yo sólo lo recuerdo.