Hace tres días que Indi ha llegado a casa. Su mudanza no ha significado demasiado: un recipiente de piedritas blancas que viene a ser su baño, otro de color azul que es su bebedero, una palita para recoger y descartar sus “ofrendas”, una cestita que por años tuvo servicios varios: perfumero, frutera, posa plantas, y ahora es su cunita. Un sweter viejo de M. que oficia de colchón y un osito fucsia de C que le hace de “hermanito” para dormir. Este es su escueto equipaje. Hoy se le ha adicionado una caja de manzanas con ramitas y palitos, que le preparó mi hijito T para sus volteretas.
Sin embargo, este mundito de pequeñeces ha llenado esta casa de inquietud y ternura.
Yo he tenido pocas mascotas: de niña, un perro salchicha: Lolo, bastante rompehuevos, pero adorable. Sin embargo fue mi abuela quien terminó criando a este perrito, de manera que mis recuerdos de Lolo son muy fragmentarios.
Ya de grande tuve a Piki, un canario amarillo como la polenta que se paseaba por toda la casa y al que yo le hacía montoncitos de semillas en la punta de mis tratados de medicina para que comiera conmigo mientras yo estudiaba ( yo comía un sándwich o tomaba mate, ya que las semillas de Piki me costaba digerirlas).
Después que Piki, un día voló para siempre, no quise más mascotas.
Cuando nació V, llegó Manu, la tortuga, que ya es una tortugasa, majestuosa y divertida.
Y ahora, llegó Indi, con sus patitas lechosas y sus pelitos atigrados. Tiene unos enormes ojos grises que me fascinan y que me provocan una ternura muy especial, que jamás hubiera imaginado sentir por esta especie.
Indi llega en un momento de mi vida en que los cielos están demasiado cargados de nubes, por eso lo siento más que gato como señal.
Después del peaje, el camino se ha vuelto duro y pedregoso. La tierra se ha vuelto seca y mis pasos muy vacilantes. Muchas veces en las noches, me despierto con un fuerte dolor en el pecho que atribuyo al desasosiego. Entonces, desde que llegó, cuando esto pasa, me voy a la cocina y lo busco en su rinconcito.
Lo acurruco contra mi pecho y lo acaricio hasta que mi alma empieza a volver a mi cuerpo. Así me quedo un rato, susurrándole en sus orejitas de jengibre cuánto lo necesito. Después lo dejo de nuevo en su cunita y le doy las gracias por estar aquí, ahora.