miércoles, octubre 14, 2009

Vínculos

Para Carol

Hacía dos años que no la veía.
Su pelo seguía igual de oscuro y de largo. Su piel igual de blanca.
Siempre me llamó la atención la forma que tiene de mover sus manos, casi como acompañando, o mejor dicho, dirigiendo sus palabras. A veces, incluso, es como si dibujara lo que está diciendo en el aire.
Ya es una señora…claro, igual que yo. Tenemos hijas de la misma edad casi, algunos logros, un par de desencuentros, lágrimas no lloradas por asumida soberbia, muchas responsabilidades, tres kilos de más ( cada una), una larga amistad ( de 23 años), y muchos, muchísimos recuerdos de una de las épocas más gloriosas de la vida, la de la facu.
¿Te acordás cuando nos reíamos de tu vieja porque le decía a su amiga: _Maru, ¿compartimos este pepinito?. Hoy compartimos un omelette y una ensalada con la misma entrañable amistad con la que, a lo largo de estos veintitrés años compartimos la vida.
Carol y yo nos conocimos cuando hacíamos la ayudantía de fisiología. Lo primero que pensé cuando la ví fue que tenía los pelos y el buzo demasiado largos. Después, empezamos a conversar, y al poco tiempo ya nos volvimos inseparables.
Crecimos juntas, a una edad en la que crecer es geométrico, y en mi caso, electromagnético. Generalmente estudiábamos en su casa, un departamentito precioso ( al menos lo era para mí) de dos ambientes en el que vivía con su madre, su hermana menor y Pini Rotondi, la gata. Allí, pasábamos largas horas repitiendo lecciones, tomando meriendas interminables, mirando novelas absurdas y escuchando discos de rock nacional. Nos hacíamos compañía, nos contábamos absolutamente todo, nos reíamos muchísimo de mucha gente y aprendimos a confiar ciegamente la una en la otra simplemente por la poderosa fuerza de nuestro cariño. Hoy, puedo decir, que estos años han sido una lenta tarea de adopción, un telar en el que tejimos lazos indestructibles.
Compartimos nuestro almuerzo y nuestras vidas con punto de partida donde la dejamos hace dos años.
Nos despedimos con un abrazo fabuloso, reafirmando lo mucho que nos queremos.
Y una vez más, compruebo que el tiempo, este tiempo de la amistad, está fuera de los relojes, es una sustancia compleja e inexplicable.
La ví desaparecer por la boca de un subte. Hubiese jurado que lo último que ví de ella fue ese guardapolvo blanco que nos poníamos por los pasillos antes de entrar a clase.
Te quiero con toda el alma amiga!!!
Hasta la próxima.

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